Carta de Elsa Narvaez a Julio Cortázar
Encuentro con Julio Cortázar en Paris…
Esta carta del 8/02/1982 fue escrita a Julio estando en Paris, donde lo vimos a él, no como escritor sino como militante junto al exilio recibiendo literatura política, de los exiliados, que desde Nueva York donde había exiliado periodistas sacaba un periódico llamado DENUNCIA llevando noticias del exilio y de nuestra Patria asolada por la Dictadura Militar. También en las reuniones de los jueves frente a la sede de la Embajada Argentina en Paris, en paralelo a las rondas de los Jueves de las madres de Plaza de Mayo. Este diario se lo distribuía en sedes donde había refugiados argentinos Nueva York, Madrid, Estocolmo, Roma, Paris, Caracas, México….
Elsa y yo asegurábamos que Julio recibiera mensualmente esta publicación en castellano en su casa cerca de la Gare de l’Est. Esto generó una simpatía en ese gran hombre, pero jamás hablamos de literatura, de plástica o de cine o de música, que él amaba tanto. Basado en esa confianza, Elsa escribió esa carta, pero no osó enviársela en mano propia o a través del correo postal. Queda como un hito de su pensamiento en esos años.
Dramatización de la Carta de Elsa Narváez a Julio Cortázar
Carta de Elsa Narváez a Julio Cortázar
Paris, el 8 de febrero de 1982.
Julio Cortázar (personal)
Estimado Julio:
Es difícil escribir a un escritor. Uno ensaya de todo cuando se enfrenta a un hombre como vos. Esta es una manera de llegar a vos espero puedas leerla. Escribo porque en el fondo soy ingenua, porque nada tengo que ver con las letras y nada tengo que perder. Solo quiero contarte algunas cosas que no son imaginarias, pero que la imaginación es débil al lado de esta realidad. Finalmente, para agradecerte.
Siento (esa soy yo) que el lenguaje manejado de una manera creativa puede convertirse en un objeto real, que acompaña, que despierta, que acaricia, que se hace un interlocutor, un amigo y muchas veces, el único.
Realidad: Cárcel de Córdoba, Argentina semiilegal, 1976-1978 (incomunicación total). Yo estuve desde antes y salí mucho después.
Me habían sacado de Villa Devoto junto a otras dos mujeres. Ruidos, golpes, gritos, esposas, vendas. El Palomar, cuarteles militares y avión.
No sabíamos a dónde nos llevaban, quizás a la muerte. Los detalles son más morbosos que cualquier pornografía ordinaria. Llegamos a un campo militar, nos amenazaban. Yo tenía miedo, y al decirlo ahora parece diminuta la palabra. En esos casos uno piensa que es mejor la muerte, que ser nuevamente torturado.
Cuando nos subieron a un camión militar, el trayecto (sin tiempo ni espacio) ojos tapados, finalmente nos bajaron, nos destaparon los ojos, nos llevaron esposadas y nos pusieron en calabozos individuales. Totalmente aisladas, cuando supimos que era una cárcel semilegal nos pusimos contentas. Cuando preguntábamos para que estábamos allí nos decían “no sé”, uno que otro decía: ” para matarlas” y nos dejaban en la duda, ese espantoso sentimiento de ambigüedad, de inestabilidad, de pérdida de la identidad.
Desde entonces mi mundo era ese horrible hueco que parecía un nicho, el silencio era como un sonido infernal que hacía sentir la respiración, el corazón, los pasos lejanos, los candados, la música cotidiana. La llave que venía con alguien a controlarnos de vez en cuando; éramos los rehenes.
Como estaba incomunicada, mi madre me buscó por diferentes ciudades y cuarteles, finalmente llegó y como yo era una presa legal (no una desaparecida) le dejaron entrar un chaleco tejido por ella sin verme ni escribirme. Cuando llegaba la noche yo abrazaba ese objeto, lo ponía sobre mi corazón, sobre mi cara y me creía que estaba con ellos (mis padres, mi familia, mi marido, mis compañeros), y me dormía con esa magia entre el objeto de lana tejido por mi madre y las personas reales.
Pasaban los días. Nadie decía nada. “No sé, no sabemos por qué”. Era la respuesta. Una raya más en la pared 15 – 16 – 20 – 29 – 32 – 33 – 34 – 35 – 39 – 45 – 49 – 60 – 70- … 90 días.
Yo escribí hasta el cuarenta. Seguía el silencio. No teníamos nada, solo nuestros sentimientos, el amor por nuestros seres queridos, los compañeros, el recuerdo de la maravillosa convivencia en la otra cárcel. El odio al enemigo. A los cuarenta días vino alguien a ese piso. Era una presa sancionada a la que habían puesto cerca de mí. Ella limpiaba los pisos, eso era como una pequeña libertad. Un día miro bajo mi puerta y me doy cuenta que entran dos hojas de un libro, al descuido de la guardiana y con el gesto maravilloso de solidaridad ella me quería dar un placer.
Dos hojas de un libro cuyo emisor ni sabía lo que estaba sirviendo. “Devolvérmelo a la hora de la cena”. Abracé el papel y lloré. Eran únicamente dos hojas. Eran un arma clandestina que si los milicos encontraban nos podía costar la vida, por el nivel de sus locuras.
Partes de “Circe”. No importa eso. Era un trozo de Cortázar. Tuyo. De un hombre que poseía un instrumento que podía hacer eso, acompañar, transformar, acariciar y ser una peligrosa arma.
La muchacha sancionada la había encontrado en un campo de concentración militar. Vaya a saber cómo llego allí. Estaba tirado junto a otros papeles en un baño, la escondió como solo pueden hacerlo los presos. Lo llevó a la cárcel cuando le dijeron que no la matarían. Lo prestaba, lo socializó como decíamos nosotras, eran diez hojas y fueron regresadas de dos en dos que rotaban por las celdas en todo un piso. Hoy le toca a fulana o mengana y así les tocaba a todas. El control era estricto. Dos golpes en la pared para avisar si algún militar entraba, y en ese momento cada una defendía su patrimonio, el “botín de guerra” era de todas. Cuando terminaba esas hojas, traían otras y muchas veces no eran las que seguían, pero al final aprendieron a jugar con ellas. Otras veces se repetía la primera.
Teníamos hilos y agujas de coser de hueso, fabricación casera, era la manera de resistir.
Había cambiado mucho mi estadía, esperaba, conspiraba. Circe, los bombones. Julio Cortázar, te hablaba. Realidad.
Quise contarte esto porque me acompañaste, nos hiciste sentir la presencia de una persona, ser un poco libres.
Hoy ya estoy de este lado y en Paris, te agradezco también por lo otro, por tu actitud de lucha, por tu manera de decir las cosas, por tu responsabilidad, por tu capacidad creativa. Por tener esa maravillosa síntesis del corazón y la mente en tus manos y por el uso.
Me gustaría alguna vez conocerte, yo pinto y esas cosas…
Un fuerte abrazo
Elsa Narváez
Elsa Narváez de Bazán / 3 Rue Vulpian / 75013 París